Tentativa suicida: intervenir sin empeorar la escena

image_printImprimir

Tiempo de lectura estimado: 5 min

Hay un tipo de servicio que no se olvida, se te queda dentro por lo delicado, por lo injusto, por lo bestia que puede ser… y porque sabes una cosa: que se te puede ir de las manos.

Llega el aviso: “persona en balcón”, “persona en puente”, “amenaza con tirarse”… y cuando estás allí lo ves claro: esa persona está luchando consigo misma. Y está en una posición en la que un ruido, un gesto, una mirada mal colocada… puede ser el detonante.

Aquí no aplica la fuerza y la resistencia como en otro tipo de servicios, aquí prevalece el control de la situación. Y ese control, para que sea real, no empieza en el borde: empieza desde la llegada, desde el primer movimiento, desde la primera decisión.

Porque este tipo de servicio, aunque suene raro, no va de hacer más… quizá va de hacer menos, pero hacerlo bien.

Este servicio no va de solucionar rápido: va de no empeorar y facilitar la resolución

El error típico es llegar en “modo rescate estándar”: montar rápido, desplegar fuerte, moverse con prisa, llenar la escena de recursos y meter intensidad, como si fuese un incendio. Eso funciona en muchas emergencias, pero aquí puede ser gasolina en un incendio de rastrojos.

En tentativa suicida, el problema es lo que no vemos a simple vista: tensión, vergüenza, miedo, impulso, público, familia, ruido… y un cerebro que ya va al límite. Y en esa mezcla, una escena mal gestionada puede precipitar el acto. Por eso este tipo de intervención empieza de una forma poco común para bomberos: hacer que casi no parezca un servicio.

Y antes incluso de acercarte al punto, hay una parte que mucha gente se salta: llegar sin saber lo que tienes. En estos avisos hay que hacerte una foto mental rápida de la escena con cuatro datos útiles: quién es, qué ha pasado, qué dice, si ha consumido algo, si hay antecedentes, si hay medicación, si hay amenazas añadidas. Y sobre todo, si hay factores de riesgo que te pueden reventar la intervención: gas, fuego, tendidos eléctricos, tráfico debajo, objetos arrojables o incluso armas. Hay que anticiparse.

No es un servicio psicológico. Es un servicio operativo

Esto hay que decirlo claro para que nadie se equivoque de enfoque. Una tentativa suicida inminente no es prevención. No es terapia emocional. Eso hay que hacerlo antes o vendrá después, si todo sale bien, y lo harán sanitarios y especialistas. Nosotros acompañaremos emocionalmente y actuaremos para intentar salvar su vida, dentro de lo posible.

Aquí estamos en el borde, en el momento crítico, y lo que tenemos delante es un incidente real que mezcla: riesgo vital inmediato, posibilidad de caída, reacción imprevisible y un entorno que suele saturarse de gente y estímulos.

Esto es intervención operativa: mando, coordinación y táctica.

La diferencia es que el combustible no está en un salón, está en la cabeza de la víctima. Y el comburente está en la propia escena. Y si la escena se calienta, puede producirse un flashover.

Por eso esto es tan exigente: porque estás gestionando riesgo real, con una persona a un paso del vacío, y con un escenario que se descontrola en segundos.

La regla que cambia el resultado: bajar estímulos

Si solo te quedas con una idea de este artículo, que sea ésta: cuanto más se calienta el entorno, más sube el riesgo.

Por eso el primer trabajo es bajar intensidad. Si la escena lo permite: apagar sirenas en aproximación final, reducir luces innecesarias, colocar vehículos fuera del campo visual, moverse sin carreras, sin gritos, sin gestos bruscos, sin discusiones.

La víctima quizá lo está viendo todo. Gestos, miradas, prisas, despliegues. Y en muchos intentos de suicidio hay “visión túnel”: no procesa como tú, no interpreta como tú. Lo que para ti es rutina, para esa persona puede ser amenaza, y como se sienta acorralada… el fin puede precipitarse.

Aquí también hay un detalle táctico importante que se olvida: el acercamiento. No vale eso de aparecer de golpe, entrar por detrás, asomar la cabeza sin avisar o colocarte a dos metros porque “tengo que ver”. La aproximación sorpresa es un disparador. Aquí el bombero tiene que ser más fino: acercarse visible, lento, sin invadir, sin cortar su salida psicológica. No se trata de tener miedo, se trata de no provocar.

Por eso, la intervención buena casi no se nota desde fuera. Es silenciosa. Discreta. Lenta. Sin show.

Menos gente cerca, más probabilidades

En estos servicios no gana quien mete más personal al borde, gana quien mete al personal justo y lo coloca bien.

Cuantos más intervinientes rodean la escena, más opiniones, más microerrores y más posibilidades de que alguien haga algo bienintencionado… pero desacertado.

La escena se sostiene mejor con organización simple: un equipo discreto preparando rescate, un equipo de apoyo/logística y un equipo asegurando zona y evacuación. El resto, reservado y fuera del foco.

Y aquí hay otra pieza clave: este servicio pide PMA aunque sea pequeño. No hace falta montar un circo, pero sí un mando real. Y también zonificación: zona caliente (borde), zona templada (apoyo inmediato) y zona fría (logística, relevo, curiosos, familia). Si no haces eso, te pasan dos cosas: gente entrando donde no debe y decisiones dispersas. Y en este tipo de intervención, eso es jugar con fuego.

Aquí, el que sobra cerca no ayuda, más bien estorba.

Encapsular: el trabajo que nadie aplaude pero salva vidas

A veces la intervención más importante aquí no es una cuerda, ni una autoescala, ni un colchón.

Es un perímetro:

Curiosos grabando.
Vecinos opinando.
Gente gritando.
Familia llorando, suplicando o recriminando.

Todo eso suma presión y puede empujar a la persona al acto.

Encapsular es cortar el ruido y quitar público. A veces te toca ser “el malo” para salvar el servicio. Más vale una bronca que un fracaso.

Y ojo: no basta con apartar a la familia. Hay que gestionarla. La familia no puede quedar “suelta” en la escena porque se convierte en una segunda emergencia. Lo ideal es que alguien se haga cargo, se la lleve a zona fría y la controle. Incluso aunque no intervengan, sí pueden aportar información útil: consumo, detonante, medicación, antecedentes. Pero cerca del borde, descontrolados, son gasolina también.

Coordinación con policía y sanitarios: un plan y una voz

Si la negociación la lleva otro servicio público (sanitario o policial), perfecto. Pero debe haber coordinación. No pueden existir órdenes cruzadas. No puede hablar todo el mundo. No puede haber esa pelea silenciosa de “quién manda” o “quién se acerca”.

La víctima huele el desorden, y cuando aparece el desorden, se rompe lo único que mantiene a la persona aún allí: la confianza.

Aquí conviene añadir un matiz que es veneno puro: las frases que suelta cualquiera sin querer. Aunque el bombero no sea negociador, una frase mal dicha puede tumbar la intervención. “No hagas tonterías”, “piensa en tu madre”, “tranquilízate”, “si saltas te matas”… todo eso mete presión, juicio o reto. La norma debería ser simple: una sola voz, y los demás silencio operativo. Este servicio no se gana hablando mucho, se gana hablando bien

Comunicación en escena: qué decir y qué NO decir

En tentativa suicida, la palabra puede salvar… o puede empujar.

Aquí van reglas simples y memorizables:

  • Lo primero: preséntate. Pregunta su nombre. Usa su nombre. Humaniza.
  • Muévete lento. Pide permiso antes de acercarte o de moverte.
  • Haz preguntas abiertas y deja silencios. El silencio también trabaja.
  • Observa el entorno y busca “enganches”: familia, mascota, trabajo, algo que lo conecte con vida.
  • Pregunta por necesidades básicas (agua, frío, sed). A veces lo simple baja la crisis.

Y sobre todo, evita lo que revienta la escena:

  • No des consejos rápidos. No arregles su vida en tres frases.
  • No reproches. No moralices. No sueltes frases de cuñado.
  • No lances retos ni desafíos.
  • No le metas presión emocional (“piensa en tu madre”).
  • No hablar varios a la vez: una sola voz.
Fuente: Nadia Serrano. Psicóloga. Oficial Bomberos CPBA

Plan B preparado: si cae, hay que favorecer la supervivencia

Aquí entramos en lo nuestro. Mientras se negocia, hay que trabajar el plan B. Lo de siempre, pero con una diferencia: hay que montarlo sin activar.

Valorar punto de caída y trayectorias. Colchón si es viable. Autoescala o plataforma si de verdad aporta acceso y extracción. Anclajes, anticaídas, accesos alternativos.

Pero sin autoengaño táctico: tener un colchón no significa que el riesgo esté controlado. Hay alturas, ángulos o obstáculos donde el colchón sirve poco o nada, y en algunos escenarios da una falsa sensación de seguridad. El plan B no es “colchón y ya”: es una preparación real de caída probable, despeje de zona, control de tráfico, acceso sanitario y estrategia coherente.

Y otro punto que hay que tener en cuenta: en estas escenas hay mucho riesgo de segunda víctima. Bordes, cornisas, cubiertas, balcones… no son sitios para improvisar. Nadie debería estar en zona caliente sin control del riesgo. Anticaídas, anclajes cuando toque, y disciplina absoluta. Porque bastante tienes con una víctima como para sumar otra.

Y preparar lo que todos hemos oído alguna vez: el “rapto” (intervención física). Pero preparado como maniobra, no como impulso. Montar sin convertirlo en espectáculo.

Intervención física: solo si hay ventana (y con señal clara)

Hay servicios que se resuelven hablando. Ojalá siempre. Pero otras veces no avanza y aparece una ventana: desmayo, tropiezo, cambio de postura, distracción, agotamiento. Ahí la extracción salva vidas.

Pero esto no es “vamos todos”. Esto es maniobra. Porque hacerlo mal puede acabar con dos víctimas.

  • Roles definidos.
  • Señal única del mando.
  • Entrada rápida.
  • Retirada inmediata.
  • Seguridad.

Cierre: el servicio no termina cuando la persona está dentro

Cuando la persona está a salvo, queda el cierre sanitario y queda el cierre del equipo.

Porque este servicio pesa y, aunque termine bien, te lo llevas a casa.

Un defusing breve, sin dramatismos pero profesional, sirve para descargar, aprender y proteger al grupo. Y si alguien se queda tocado, poner en marcha el debriefing con un profesional.

Y añado una cosa que es muy operativa y que se olvida: la tentativa no termina porque la persona “ya esté dentro”. Puede haber rebote, puede haber reintento, puede haber un segundo impulso. Hasta que no queda en manos sanitarias seguras, supervisada, contenida, acompañada, el servicio no está cerrado.

Checklist mental 

  • Llega sin ruido, sin exhibición.
  • Encapsula la escena y corta el público.
  • Un mando, un plan, una sola voz.
  • Habilidades comunicativas.
  • Prepara plan B sin activar a la víctima.
  • Resuelve con calma: negociación primero, extracción solo si hay ventana.

«salvar una vida muchas veces no consiste en hacer más…sino en hacer bien lo imprescindible«

image_printImprimir