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Hace poco leí un artículo que me hizo sonreír por fuera y suspirar por dentro, éste se titulaba “Los bomberos odian dos cosas: el cambio y la situación actual.” Una broma que esconde verdad, orgullo… y también un pequeño nudo en la garganta. ¿Acaso es posible pasarse la vida quejándose de la situación actual, pero cuando se proponen cambios, tampoco venirnos bien…? Pues parece ser que sí. A esta conclusión llegaron en «Firefighters Hate Two Things—Change and the Way Things Are”. Un artículo reciente, de 2025 que lo firman investigadores de varias universidades norteamericanas y, aunque su contexto no es el nuestro, las conclusiones tienen un eco familiar, cualquiera que haya apagado fuegos y tomado cafés a las tres de la mañana recién duchado, reconocerá muchas de sus luces y de sus sombras…
En este estudio, entrevistaron a 25 bomberos de distintos perfiles, rangos y recorridos; les preguntaron por cambios tecnológicos, culturales, procedimentales… por esas pequeñas o grandes grietas que aparecen cuando alguien decide “vamos a hacerlo mejor” y lo que encontraron no fue una muralla, sino un sistema de fuerzas tirando en direcciones opuestas: deseo de mejorar, miedo a lo nuevo, amor por la tradición, resistencia por inercia, abrazos a la innovación cuando toca, y rechazo cuando amenaza lo que consideramos esencial; vamos, la pura vida de cualquier turno de cualquier parque, me atrevería a decir, de cualquier parte.
El estudio decía algo que sabemos todos: hay quienes se entusiasman con el último gadget, y quienes solo quieren que les dejen trabajar como siempre. No es cuestión de edad (aunque con matices), sino de cómo cada uno interpreta la mezcla de riesgo, herencia y necesidad. Para algunos, cambiar es abrir camino; para otros, cambiar es abrir una caja de Pandora y cada propuesta pasa por un tamiz silencioso:
El estudio lo deja claro, en ciertos temas; sobre todo cuando el bombero siente la amenaza en casa: cáncer, lesiones, cargas mentales…, la balanza se mueve.; cuando el beneficio parece difuso o burocrático, la balanza se atasca.
Para el bombero de a pie, la resistencia al cambio casi nunca es irracional, es una cuestión de supervivencia, de optimización, de no malgastar fuerzas. Está claro que todos hemos vivido cambios que llegaron mal presentados, mal planificados o sin escuchar al personal, y esas cicatrices pesan más que cualquier informe.
Los investigadores detectaron que un fracaso previo puede condenar cualquier intento posterior, pero lo contrario también ocurre: un cambio bien hecho abre puertas que antes estaban atrancadas (me quedo con esto).
Hay un aspecto en el que el estudio es rotundo: la aceptación del cambio depende tanto de la idea como de quién la impulsa. La idea no es lo único que importa, sino, tiene mucho más peso quizá quién la impulsa. En un cuerpo jerárquico como el nuestro, la legitimidad del mensajero es vital. Si el cambio viene de un líder respetado, que lo encarna y que demuestra coherencia, hay camino. Si viene de fuera, o de alguien que nunca se ha mojado, por muy sensata que sea la propuesta, se la lleva el viento.
Si queremos cambiar de verdad, las pistas están claras y son simples:
El estudio remarca que el liderazgo es lo que más genera confianza, no el mando jerárquico en sí. Si el cambio va de la mano de un líder es condición suficiente, no es necesario ni suficiente que venga de la mano de un mando jerárquico, aunque una cosa no invalida la otra.
En fin… quizá la pregunta no es si somos capaces de cambiar, la pregunta es si, con todo lo que sabemos hoy sobre seguridad, salud, conocimiento y tecnología, podemos permitirnos NO hacerlo.
«Lo que cambia un cuerpo no son los cambios e innovaciones implementadas, sino los propios bomberos cuando se las creen»
Por y para bomberos
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