Tiempo de lectura estimado: 3 min
Esta serie de artículos que os voy a ir entregando es un compendio de reflexiones que he ido acumulando a lo largo de esta, a veces grata a veces no tanto, experiencia de ser bombero durante tres décadas.
No pretendo acertar con mis puntos de vista; tampoco pretendo imponer mis reflexiones como verdades absolutas.
Simplemente son las reflexiones que yo, como persona, me he ido haciendo a lo largo de este periplo de lustros en las que he pertenecido al cuerpo de bomberos de la provincia en la que resido.
Empezó a rondar por mi cabeza esto de ser bombero allá por 1985. Mi hermano entró en el cuerpo y recuerdo que en una finca que tenían mis padres, algunos sábados por la noche venía él con su mujer y al calor de la chimenea nos contaba lo que hacía en su trabajo. Yo en ese momento no sabía hasta qué punto iban a calar en mí aquellas historias, aquellas aventuras para mí, aquella forma de servir a los demás. Cuando tenía 18 años, durante el servicio militar recuerdo que en mi carnet de soldado ponía: ¿Qué profesión desea desempeñar cuando termine su servicio militar? Y allí ponía «Bombero».
El último día de mili, un sargento me preguntó, llamándome por primera vez por mi nombre ¿Cuál es tu plan? a lo que respondí: «Voy a ser bombero mi sargento». Cuando lo consigas, si pasas por aquí por favor búscame y házmelo saber.
En 1991, teniendo yo 20 años, mi hermano me contó que un compañero estaba teniendo serios problemas personales y el resto de compañeros estaban echándole una mano con las guardias, pero que había ocasiones en las que quedaba su puesto vacío porque nadie podía ocuparse. Le dije: ¡Quiero ir yo y cubrirlo! Y así lo estuve haciendo durante varias guardias. Todo el mundo estuvo de acuerdo, así que me presentaba en el relevo, me dejaban ropa de parque y me incorporaba de forma altruista a la guardia, acudiendo a las emergencias junto con los que ya me consideraban compañero suyo.
Comprendo que hoy esto suene extraño, pero eran otros tiempos, y para entonces, tanto jefes como bomberos eran capaces de cualquier cosa por proteger a un compañero, incluida esta solución temporal que yo me presté a hacer.
Cuento esto porque recuerdo vivamente la primera vez que, con aquel chaquetón, guantes, botas, y casco MSA (sin pantalón de intervención, con pantalón de parque abajo) salí por la puerta del parque subido a una autobomba, fue absolutamente maravilloso para mí. Si desde mi adolescencia quería serlo, ahora ya no había otra salida para mí, tenía que conseguir ser bombero como fuese.
No pensaba en el sueldo, no pensaba en todo aquello que sería lo normal pensar cuando se accede a una administración pública; os puedo jurar que amaba profundamente este trabajo y no me importaba nada más que subir a una autobomba y salir a las intervenciones que se nos solicitaran. No podía pensar en otra cosa, aquello estaba claro que tenía que ser mi vida.
Finalmente ese compañero, Ángel, con la ayuda de su familia y con apoyo incondicional de sus compañeros de trabajo, logró superar aquellos problemas y consiguió reincorporarse, permaneciendo de servicio hasta su fallecimiento años después, con tan solo 54 años debido a un cáncer que, estoy convencido, desarrolló a lo largo de sus años de servicio sin apenas protección ni formación en materia de PRL (y casi de ningún tipo diría yo).
Era gente de otra pasta, se querían entre ellos, se querían de verdad, no estoy de coña; se trataban como familia.
El compañero del que hablo fue enterrado en Torrevieja, su ataúd estuvo coronado por su casco en todo momento y fue llevado a hombros y escoltado por una larga cola de bomberos uniformados que sentían por él algo más que compañerismo, de eso estoy seguro.
En septiembre de 1992 me dirigí al cuartel en el que había hecho la mili, busqué a ese sargento y pude cumplir mi promesa, pues ya era bombero.
Tras incorporarme al servicio, poco a poco vas tomando conciencia de ciertas cosas que, digamos, conforman la cultura en la que viven inmersos los bomberos casi sin darse cuenta.
Lógicamente de lo primero que te das cuenta es que el temario que te has estudiado sirve realmente de poco. Sí que te sirve, pero no de la manera que uno piensa que le va a servir. Es una base digamos necesaria, pero no suficiente para trabajar de bombero.
Poco a poco, a medida que iba pasando las guardias, fui tomando conciencia de la primera cosa que hacía aguas: la formación.
A los pocos meses ya llevaba en mi haber unos cuantos incendios, accidentes de tráfico, incendios de mobiliario urbano, matorral y algún forestal; pero no fue hasta el 18 de agosto de 1995 cuando me enfrenté a un incendio urbano complicado de verdad. Ese día recibimos una llamada de madrugada avisándonos de que estaba ardiendo la cocina del Hotel Fontana, un hotel céntrico con 6 plantas más entresuelo y 340 personas alojadas. Normalmente de guardia éramos 4 bomberos, pero debido a la alta ocupación turística, ese día habían enviado una autoescalera para reforzar, con otros dos bomberos. Yo iba de bombero 1; recuerdo que al girar por la calle Ramón Gallud a la Rambla de Juan Mateo nos quedamos unos segundos en silencio, lo que allí había no era una cocina, era un incendio bastante desarrollado en el entresuelo, con el hotel a plena ocupación y muchas personas en los balcones pidiendo auxilio.
Así que ese día, tras luchar contra ese incendio con todas nuestras ganas, crear rutas seguras, rescatar a todos los ocupantes de sus habitaciones y bajarlos a la calle, ya en la puerta del hotel agotado completamente, tomé conciencia de la segunda cosa que hacía aguas: el número de efectivos.
Más adelante, conforme se iban jubilando los más veteranos, y conforme me llegaban noticias de tantos otros que ya lo habían hecho, me di cuenta de la importancia de un hecho del que se hablaba con cierta resignación; se trataba de que los compañeros que se jubilaban vivían normalmente pocos años más. Y los denominadores comunes casi siempre eran los mismos: infarto, enfermedades autoinmunes, pero sobre todo cáncer. Los bomberos sospechábamos que esto de inhalar tanto humo no tenía que ser nada bueno, y que podía estar relacionado, pero el ardor guerrero y el machismo rampante que envolvía este trabajo no nos dejaba ver todo esto con claridad.
Y no fue hasta 2015, mucho después de la LPRL, en la que pude leer el trabajo de Pukkala et al (2013) en el que, al igual que en el estudio longitudinal de Wagner et al (2006), quedaron demostrados un mayor índice de mortalidad y una menor esperanza de vida para los bomberos. En concreto unos 7 años menos que la población general. Posteriormente, otro estudio llevado a cabo en Bélgica por Weyler et al (2014) daba con los mismos resultados. Esto sumado a las conclusiones de otro estudio también importante llevado a cabo entre 1950 y 2009 con 30.000 bomberos americanos, de Daniels et al (2009), venían a confirmarme la tercera toma de conciencia: los riesgos de la contaminación por el humo de los incendios.
Seguimos en una próxima entrega…
¡La suerte de ser bombero no está en quién eres cuando llegas, sino en quién te conviertes por el camino!
Por y para bomberos
info@bombero13.com
112
© 2026 Bombero13. Creado usando WordPress y el tema Mesmerize