Sonata en rojo y negro

Quisiera compartir con vosotros una magnífica puesta en escena de lo que es nuestro trabajo, de la mano de un jefe veterano ya retirado, pero que nunca ha dejado; ni podrá dejar de ser bombero, mientras viva…

SONATA EN ROJO Y NEGRO

¡ATENCIÓN! ¡ ATENCIÓN!

Incendio de vivienda en … Accidente de tráfico con personas atrapadas en la carretera … Incendio forestal en la sierra de … Incendio industrial en el polígono de … Rescate de personas atrapadas en ascensor … Montañero accidentado en …

¡VAMONOOOS

Levantarse súbitamente con el corazón golpeando en la garganta, la boca seca, la mirada extraviada. Abandonar una vigilia para despertar a una pesadilla. A una llamada.
Correr por los pasillos, deslizarse por la barra. Humo en las cocheras. Motores en marcha. Salir a la noche como una exhalación para romper su negro y frío cristal.

De camino, en el camión, la angosta cabina se llena con las primeras órdenes del mando. Las advertencias, los consejos. Las comunicaciones con la central. Y con ese peculiar olor, mezcla de humo y sudor. Con ese olor a bombero.

Fuera. Las calles, las casas, rápidamente van quedando atrás desvaneciéndose en la oscuridad que nos devuelve los ecos de las sirenas y los destellos de las luces.
Después, la confusa llegada. Las apremiantes voces urgiendo el rápido desplegar de las mangueras.

En la calle, la gente siempre expectante, (el borracho, impertinente). La policía siempre ayudando. Siempre presente. Fragmentos de cristales cubren las aceras y la calle. Son los que ahora, devuelven los fiases de las luces destellantes.

Las emisoras transmitiendo órdenes. Los motores rugiendo acelerados. Las bombas con su monótono zumbido, aspirando, impeliendo. Más gritos. Más voces. ¡ dame agua! ¡más presión!. Todo adquiere un extraño aire de feria.

Al otro lado, las llamas son cortinas rojinegras asomando por las ventanas. El humo es un negro sudario que todo lo cubre, que todo lo envuelve. Los cuerpos -sin vida- reposan inmóviles bajo una tenue sábana de cenizas.

Y los bomberos, como San Jorges, clavan líquidas azagayas en las entrañas del ígneo dragón. Y el entorno. Y sus trajes, les confieren ese extraño aspecto de seres irreales. Si, eso, de ángeles. Y del otro lado de sus máscaras, sus voces, suenan opacas, impersonales.

Las linternas, en la oscuridad, trazan estrechas sendas sobre el humo por las que intentan avanzar unas miradas que pugnan por traspasar el empañado cristal de la máscara. Los techos se desploman. Las metálicas estructuras se retuercen. Los forjados se abren bajo sus botas. De rodillas, reptando. Arrastrando muchas veces el doble de su propio peso. Aplastándose contra el suelo para mantener esa distancia vital. Para evitar la temperatura mortal colgada del techo. En ocasiones este viaje no tiene regreso.

Otras veces el techo son las estrellas y el incendio toma posesión —desbocado- del tiempo y del espacio. Los vientos son sus alas. La tierra le da sustento, y para su avance no existen barreras ni impedimentos. Solo la voluntad, la decisión y el sacrificio de brigadistas, voluntarios y bomberos. Y la pericia y el riesgo de aquellos que con sus máquinas, desde el cielo le ponen freno.

Descargas en el frente. Mangueras y azadas por los flancos. Coordinación, planes de ataque, puestos de mando. Ésta es una lucha perdida de antemano. Es la batalla contra un elemento desatado. Al final, la tierra calcinada, el bosque arrasado, y en las mentes de todos, el recuerdo de los que cayeron por pararlo.

Ésta es en síntesis, la aventura de una profesión en donde lo inesperado se vuelve cotidiano. En donde nunca una acción a otra es igual. En donde no cabe alienación y sí compromiso. Donde servir al pueblo deja de ser ideal y palabrería para convertirse en “el pan nuestro de cada día”.

Ésta es, una de esas pocas profesiones en que se puede morir por alguien a quien ni siquiera conoces. Ésta es en suma una profesión en donde lo que verdaderamente importa es el “ser” y no el “estar”.

 

Ricard Pla Perales – 2006-07-23

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